Estela preparaba su equipaje para partir hacia un lugar que ni siquiera ella misma sabía bien a bien dónde estaba o cómo llegar, solo había escuchado que ahí el mar era bellamente azul y que las estrellas fugaces irrumpían en el cielo nocturno con gran frecuencia.
Con cierta nostalgia guardaba su ropa y sus recuerdos, empacaba su miedo y su tristeza para que no le estorbaran durante el largo camino que habría que recorrer, miró por última vez la estancia, la planta que mamá había comprado, el jardín debajo de la escalera… y salió sin hacer ruido.
Era una noche un poco fresca, una de esas noches de junio como muchas que había disfrutado en su infancia corriendo y riendo en la calle con otros niños.
Conducía lentamente como esperando que alguien la detuviera y le pidiera que no se marchara, pero no sucedió, por lo que al llegar a la esquina viró a la derecha y aumentó la velocidad.
Debajo de esos anteojos pasados de moda llevaba los ojos húmedos como julio. Se sintió terriblemente desolada, como nunca en su vida, y quería volver a casa pero su orgullo, más grande que su miedo, no le permitió retroceder, no estaba dispuesta a que alguien le echara en cara todo lo que había ocurrido, ya había lastimado a muchas personas y quería dejar todo eso que no le permitía vivir en paz.
Llevaba una hora manejando sola con sus ideas fijas, prendió el radio y pensó: “vaya si es grande el destino” cuando comenzó a oír la canción Flaca, de Andrés Calamaro, y lamentó que nadie se la hubiera dedicado nunca, siendo tan linda canción. Estela cantó bajito: “No me mientas, no me digas la verdad, no te quedes callado, no levantes la voz ni me pidas perdón”; de pronto pudo ver que su ciudad gris, monstruosa, que tanto amaba y que tantos buenos momentos le había regalado, se perdía poco a poco en el retrovisor.
Sentía nostalgia por los viejos tiempos, porque su juventud se iba, estaba abandonando su vida, dejando a todos los que amaba excepto a quien llevaba en su vientre, por quien daría la vida misma si fuera necesario, él no era producto de un milagro, sino de la causalidad de un gran amor, uno que no pudo ser, uno al que no dejaron ser.
Lamentaba muchas cosas, pero siguió conduciendo hasta que dejaron de aparecer las luces de los autos a su alrededor, ni siquiera había ya luminarias. Hasta que de pronto, al librar una colina, la luna se asomó para ella como en los viejos tiempos y una última postal de su amada ciudad la dejó despedirse para siempre.

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