martes, 17 de marzo de 2009
Radiohead, el soundtrack de mi vida seguramente de tu vida tambien
Escribo estas lineas mientras paranoid android suena en el repoductor de musica, y la verdad es que el concierto de ayer fue poco mas que maravilloso, genial seria la palabra adecuada, pero para describir lo que senti esos minutos de arte no alcanzarían todas las palabras del quijote. Sin embargo no puedo evitar evocar recuerdos cuando escucho sus canciones, mi infancia, la primaria, como era todo antes, las mañanas de sabados jugando resident evil, todas esas veces que nos sentamos a ver los simpson, aquellos tiempos cuando la vida era un cuanto menos complicada que ahora, más feliz, mas suave.... cuando no habia mas melancolia que la de las canciones de Radiohead esa que se disfruta por su belleza, esa que mas que lastimar conmueve
sábado, 14 de marzo de 2009
Bloggeando
Amigo mio en un sabado de ocio como el 95% de mis sábados decidí organizar mis ideas en este bolgg, compartiendo mis historias con todos aquelloos que esten dispuestos a soportar los cuentos megacursis de esta casi adulta medio paranoica y distraida, como a veces ni yo misma los tolero jeje (mentira, en realidad me gustan todos mis cuentos) periodicamente escribire pequeños fragmentos de textos de literatura que deben de ser de cajón para todos nosotros los que nos jactamos de tener una educacion universitaria y para que nadie te cuente aqui abajito te dejo un cachito de Rayuela del maestrisimo Cortázar... mientras lo lees puedes escuchar last tango in Paris de oooobviaaameeeente Portishead
Rayuela
...Sé que un día llegué a París, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo lo que otros ven. Sé que salías de un café de la rue du Cherche-Midi y que nos hablamos. Esa tarde todo anduvo mal....Entonces te seguía de mala gana, encontrándote petulante y malcriada, hasta que te cansaste de no estar cansada y nos metimos en un café del Boul’Mich’ y de golpe, entre dos medialunas, me contaste un gran pedazo de tu vida...
Despues de tanto andar podriamos llegar
La tarde estaba tibia y tranquila, el cielo naranjeaba, el sol amenazaba con huir del valle, el leve viento mecía las leves hojas del pirul de la entrada, en la casa el sol entraba por la ventana de arriba, la radio tocaba una vieja canción de amor, los canarios de mamá trinaban alegremente, el vapor salía del baño desvaneciéndose como las promesas de juventud, se podía escuchar el sonido de las gotas de agua cayendo suavemente piel abajo arrastrando los recuerdos, la culpa, el vacío. Estela pensaba en la luminosidad del cielo aquel día y es que había sido particularmente brillante y ligeramente cálido, los volcanes se asomaban majestuosos y serenos al filo de la ventana del baño mientras ella tallaba su piel mulata suavemente, a ratos se olvidaba de su gran amargura, de la tristeza que hacía ya unas semanas le recorría el cuerpo como un rayo lento y doloroso.
El aroma del jabón perfumaba poco a poco sus manos, su cara y su pelo y se miraba en el espejo como esperando encontrar a alguien más, entró a la tina llena con agua caliente y esencia de mandarina, se recostó suavemente, cerró los ojos y comenzó a pensar en que le hubiera gustado decir: “Perdón, te amo, no te vayas, cabrón, amor…”, le hubiera gustado encontrar las palabras para decir: “te necesito vuelve, sin ti ya no hay más”, pero ya no era posible y se hundió en la desesperanza con sabor a mandarina mientras un hilillo de sangre salía rápidamente de su muñeca izquierda, después de unos minutos y un poco de dolor, un gran silencio fue lo último que hubo de escuchar Estela…
LOS MIÉRCOLES
El amor y la vida
siempre se abren camino
Me cuestan mucho los miércoles, desde el odioso sonido de la alarma a las 5:30 a.m., incluso antes de abrir los ojos un escalofrío me recorre todo el cuerpo y me siento pesada y viene el mareo al ponerme de pie y sentir el piso mas frío que los otros días y el baño no tan reconfortante.
Los miércoles es más difícil elegir qué blanco usar, qué desayunar, ese día siempre se me hace tarde aunque quiera llegar temprano, hay algo que me detiene al caminar, como unas pesas sobre los tobillos.
El taxi se mueve lentamente hacia la clínica y al llegar siempre espero un poco antes de descender, porque recuerdo que es miércoles, ya en la clínica camino rápido hacia el salón y me siento lejos de la ventana, no vaya a ser que su fantasma pase cerca y pueda escuchar su risa o su voz y entonces tenga que salir corriendo porque no puedo contener el llanto, no vaya a ser que mi corazón neurógeno me traicione y deje de latir algunos minutos.
Después de la Teoría de los miércoles subo corriendo a refugiarme al 10 siempre con la zozobra de encontrarlo por ahí cazando golondrinas, aunque tal vez sea más mi hambre o la necesidad de imprimir la tarea y entonces tenga que salir al café, corriendo —claro— para no toparme con su figura de alabastro.
Y al final de la práctica me espero en el 10 hasta asegurarme que la clase ya va a comenzar y no pueda distraerme y buscarlo con la mirada por el patio entre carro y carro, y termina la clase y salgo corriendo hacia mi casa y en el camino me pregunto si algún día dejare de odiar tanto los días miércoles.
OTRA OPORTUNIDAD
El pabellón estaba oscuro y silencioso, eran como las 10 de la noche de un viernes cualquiera en la ciudad, las luces de los autos y las luminarias resaltaban de aquel lúgubre cuadro, Javier sentado en la cama de aquel hospital publico, mirando a la ventana, reflexionaba sobre su desordenada vida y todo lo que lo había conducido hasta ese momento de su existencia, recordaba todos los excesos; las fiestas interminables, las mujeres, el sexo, las muy largas noches de libertad, la tan ansiada libertad que había encontrado después de una infancia tormentosa que solo dejó sueños rotos e inalcanzables.
Javier cerró los ojos un minuto, hizo las paces con Dios y le pidió, a diferencia de lo que muchos le hubiéramos pedido, otra oportunidad.
TEMPORAL
Estela preparaba su equipaje para partir hacia un lugar que ni siquiera ella misma sabía bien a bien dónde estaba o cómo llegar, solo había escuchado que ahí el mar era bellamente azul y que las estrellas fugaces irrumpían en el cielo nocturno con gran frecuencia.
Con cierta nostalgia guardaba su ropa y sus recuerdos, empacaba su miedo y su tristeza para que no le estorbaran durante el largo camino que habría que recorrer, miró por última vez la estancia, la planta que mamá había comprado, el jardín debajo de la escalera… y salió sin hacer ruido.
Era una noche un poco fresca, una de esas noches de junio como muchas que había disfrutado en su infancia corriendo y riendo en la calle con otros niños.
Conducía lentamente como esperando que alguien la detuviera y le pidiera que no se marchara, pero no sucedió, por lo que al llegar a la esquina viró a la derecha y aumentó la velocidad.
Debajo de esos anteojos pasados de moda llevaba los ojos húmedos como julio. Se sintió terriblemente desolada, como nunca en su vida, y quería volver a casa pero su orgullo, más grande que su miedo, no le permitió retroceder, no estaba dispuesta a que alguien le echara en cara todo lo que había ocurrido, ya había lastimado a muchas personas y quería dejar todo eso que no le permitía vivir en paz.
Llevaba una hora manejando sola con sus ideas fijas, prendió el radio y pensó: “vaya si es grande el destino” cuando comenzó a oír la canción Flaca, de Andrés Calamaro, y lamentó que nadie se la hubiera dedicado nunca, siendo tan linda canción. Estela cantó bajito: “No me mientas, no me digas la verdad, no te quedes callado, no levantes la voz ni me pidas perdón”; de pronto pudo ver que su ciudad gris, monstruosa, que tanto amaba y que tantos buenos momentos le había regalado, se perdía poco a poco en el retrovisor.
Sentía nostalgia por los viejos tiempos, porque su juventud se iba, estaba abandonando su vida, dejando a todos los que amaba excepto a quien llevaba en su vientre, por quien daría la vida misma si fuera necesario, él no era producto de un milagro, sino de la causalidad de un gran amor, uno que no pudo ser, uno al que no dejaron ser.
Lamentaba muchas cosas, pero siguió conduciendo hasta que dejaron de aparecer las luces de los autos a su alrededor, ni siquiera había ya luminarias. Hasta que de pronto, al librar una colina, la luna se asomó para ella como en los viejos tiempos y una última postal de su amada ciudad la dejó despedirse para siempre.
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